Durante demasiado tiempo creímos que la última frontera entre el ser humano y la máquina era la inteligencia. Aceptamos que la técnica sustituyera el músculo, pero seguimos reservando la mente como territorio soberano. La irrupción de la inteligencia artificial empieza a quebrar esa ficción. No porque piense como nosotros, sino porque muchas tareas que ennoblecíamos bajo el nombre de pensamiento quizá no eran más que reconocimiento de patrones, corrección mejorada y repetición sofisticada. Eso mismo sugiere Paul Krugman cuando señala que buena parte de lo que hacen incluso trabajadores muy capacitados se parece a una forma avanzada de “autocompletado”, y que, aun sin ser “verdadera” inteligencia, la IA puede tener un gran impacto económico.
La herida, por tanto, no es solo tecnológica. Es antropológica. La IA no amenaza únicamente empleos; amenaza la imagen que el ser humano había construido de su propia singularidad. Durante años se repitió que la automatización afectaría sobre todo al trabajo físico o repetitivo, mientras las profesiones cognitivas quedarían relativamente a salvo. Pero Krugman apunta precisamente hacia otro lugar: muchas de las consecuencias más visibles podrían recaer sobre empleos administrativos exclusivos y relativamente bien pagados.
La economía describirá este proceso con su vocabulario habitual: productividad, adaptación, reasignación, crecimiento. Y quizá tenga razón al hacerlo. Krugman recuerda que el miedo al desempleo tecnológico es antiguo y que, históricamente, la destrucción de ciertos trabajos fue seguida por la aparición de otros. Incluso plantea que, si la IA aumenta de verdad la productividad, podría aliviar algunas tensiones macroeconómicas e incluso modificar la percepción sobre la deuda pública.
Pero esa lengua no basta. Porque los sistemas se adaptan estadísticamente, mientras los individuos se fracturan biográficamente. El mercado puede recolocar funciones; no siempre restituye sentido. Y cuando el trabajo deja de garantizar reconocimiento, también empieza a resquebrajarse la identidad.
Por eso la cuestión de fondo no es solo cuánto crecerá la economía con la IA. La cuestión es qué ocurre con una civilización cuando descubre que parte de su prestigio intelectual era automatizable. Entonces ya no entra en crisis solo el empleo. Entra en crisis una antigua ficción: la de que éramos indispensables porque pensábamos, cuando quizá solo éramos necesarios porque ciertas funciones aún no habían sido imitadas.