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La habitación que creía universo


Durante mucho tiempo, la mente habitó una habitación sin saber que lo era.

No tenía barrotes. Tampoco una puerta visible. Sus paredes estaban hechas de certezas, recuerdos, palabras heredadas y hábitos de percepción. Como nunca había conocido otra estancia, llamó realidad a todo cuanto podía abarcar con la mirada.

En aquella habitación había un mapa. Era preciso, coherente y tranquilizador. Explicaba dónde comenzaban las cosas, por qué sucedían y hasta dónde podían llegar. La mente ignoraba que el mapa no representaba el mundo, sino únicamente el territorio que había conseguido recorrer.

Un día descubrió una grieta.

No fue una revelación grandiosa. Apenas una pregunta que no pudo responder. Después apareció otra: una emoción sin nombre, una forma que no encajaba en ninguna categoría, una idea procedente de otra mente que parecía absurda y, sin embargo, contenía una lógica desconocida.

Entonces comprendió algo inquietante: quizá lo imposible no fuera aquello que no puede existir, sino aquello para lo que todavía no disponía de imaginación.

Comenzó el viaje.

Aprendió nuevas palabras y, con cada una, surgieron objetos que antes parecían invisibles. Estudió ciencia y descubrió fuerzas que actuaban sin ser vistas. Contempló arte y reconoció verdades que no podían demostrarse. Construyó herramientas capaces de percibir lo que sus sentidos rechazaban. Escuchó otras vidas y advirtió que cada conciencia habitaba una versión diferente del mismo misterio.

Cada aprendizaje abría una ventana. Pero ninguna ventana derribaba la habitación.

Desde una de ellas vio que aquello que llamaba vacío estaba lleno de radiaciones. Desde otra, que el tiempo podía comportarse de maneras contrarias a su intuición. Desde otra, que un animal percibía señales inexistentes para el ser humano. Y comprendió que la realidad no se empobrecía por permanecer oculta: era la mente la que vivía empobrecida al confundir su ceguera con ausencia.

Entonces dejó de preguntar solamente qué sabía.

Comenzó a preguntarse qué estructura interior le impedía saber de otro modo.

Tal vez la frontera más difícil de atravesar no sea la que separa lo conocido de lo desconocido, sino la que separa lo pensable de aquello para lo que aún no poseemos pensamiento.

La mente nunca salió de su habitación. Nadie puede contemplar la realidad sin hacerlo desde alguna forma de conciencia. Pero aprendió a desconfiar de las paredes, a buscar grietas y a no llamar inexistente a lo que quedaba fuera de sus ventanas.

Desde entonces, su mayor descubrimiento ya no fue una respuesta.

Fue comprender que, más allá de todo cuanto podía imaginar, el universo continuaba.

Estímulos intelectuales

Hay exceso, exceso de estímulos acústicos, visuales, olfativos, ..... Nuestro marco de referencia conceptual se va encogiendo, cada vez hay más y cada vez sabemos o comprendemos menos.
Estamos en la era de los estímulos y sensaciones intensas pero efímeras. Prima el aquí y ahora.
Nos estamos perdiendo el mundo de los estímulos intelectuales, aquellos que nos sacuden las entrañas, aquellos que nos hace vibrar, reflexionar, cambiar, comprender, ....
Nos faltan aquellos estímulos que nos proyectan hacia delante, que nos hacen crecer interiormente. Pero lo grave es que no nos faltan, sino que no sabemos encontrarlos, verlos, leerlos, .... están ahí, pero como si estuvieran escritos en otro idioma, no los comprendemos y pasamos de largo.
Todo son efectos. Efectos visuales, acústicos, lumínicos. La adrenalina es la aliada del espectáculo ocioso actual. El instante es lo que vale. Ese es el reto: estimular los sentidos, todos a la vez. Rozar el límite. Pero luego, lo que queda son eso, sólo sensaciones, pero ninguna forma parte del estímulo intelectual que necesitamos.
¡Animo!, hagamos del Arte un espectáculo, de la Cultura un estímulo, del Conocimiento un nuevo lenguaje y que todos sus efectos sean intelectuales y no sólo sensitivos.