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Trump: el poder mediático como poder político

El poder de Donald Trump no puede entenderse sin el escenario mediático que lo sostiene. Su figura no surge del diseño de un proyecto político sólido, sino de la capacidad de convertir la política en espectáculo. Trump no gobierna desde las instituciones, sino desde la visibilidad.

En un mundo donde ser visto equivale a existir, los medios de comunicación han sido su fuente principal de energía. Cada insulto, cada provocación y cada gesto teatral no son simples exabruptos: son combustibles que alimentan un ciclo de atención inagotable. El escándalo se transforma en noticia; la noticia, en debate; el debate, en identidad para sus seguidores. Así, su liderazgo no se funda en la coherencia de un programa, sino en la intensidad de la exposición.

Filosóficamente, su poder encarna una paradoja: depende de los mismos medios que ataca. Sin ellos, no habría enemigo al que desafiar, ni espejo en el que proyectarse. El antagonismo con la prensa es parte de su estrategia narrativa: se proclama víctima de una élite mediática hostil mientras aprovecha la visibilidad que le brinda.

La pregunta, entonces, no es solo qué sería de Trump sin los medios, sino qué serían los medios sin Trump. Ambos forman una simbiosis inquietante: él los necesita para existir como líder político, y ellos lo necesitan para mantener la lógica de la atención que da sentido a la economía digital.

Lo que Trump revela es un cambio profundo en la naturaleza del poder: en la era del espectáculo, la política ya no se mide en instituciones o programas, sino en la capacidad de habitar permanentemente la pantalla.

ELECTRONICA Y PERIODISMO

En electrónica se suelen usar transformadores, rectificadores, filtros, amplificadores, distribuidores y otros muchos componentes con funciones específicas. Es curioso comprobar la similitud de los nombres y sus funciones con determinadas actividades periodísticas, puesto que en muchas ocasiones y de forma reiterada un acontecimiento se filtra, transforma, rectifica o amplifica de modo que al distribuir la información, ésta contiene muy poco de lo que realmente la originó.

Los fuera de contexto en TV y radio, los extractos subjetivos en prensa y las opiniones en todos los casos, suelen ser los “filtros” y “transformadores” más habituales.

¿Acaso toda historia o suceso es incorrecto y debe ser corregido?. Nada de eso, simplemente que los marcos de referencia conceptual del autor de la notícia, los intereses económicos del medio, la ideología de los jefes o directores y los mal llamados favores suelen actuar como potenciómetros de ajuste de los componentes descritos y modificar la señal original con más o menos intensidad.

La consecuencia es lo peor, puesto que al receptor de la notícia se le priva de una realidad por otra aparente realidad y desde ese momento su opinión ya no es, ni puede ser objetiva, es una opinión manipulada.