«El yo presente obtiene el beneficio y el yo futuro paga la
factura.»
Hay algo extraño en esa frase: quien disfruta y quien paga
son la misma persona, pero no exactamente el mismo individuo.
Nuestro yo presente posee un privilegio formidable: puede
tomar decisiones en nombre de alguien que todavía no puede defenderse.
Ese alguien somos nosotros mañana.
Comemos hoy y heredará nuestro cuerpo. Gastamos hoy y
recibirá nuestras cuentas. Posponemos hoy y encontrará nuestras obligaciones.
Abandonamos un aprendizaje y vivirá con nuestras carencias. Cedemos atención,
memoria, criterio o autonomía y será él quien descubra cuánto cuesta
recuperarlos.
El futuro carece de derecho de veto.
Quizá por eso resulta tan fácil hipotecarlo.
La inteligencia artificial introduce una variante fascinante
en esta vieja asimetría. Por primera vez disponemos de herramientas capaces de
evitarnos no solo esfuerzo físico, sino también esfuerzo intelectual. Podemos
obtener el resultado sin atravesar completamente el proceso que antes construía
la capacidad para conseguirlo.
El beneficio pertenece al presente.
La posible pérdida de capacidad pertenece al futuro.
Y entre ambos existe una transacción silenciosa.
Cada vez que una máquina recuerda por nosotros, decide por
nosotros, escribe por nosotros o piensa por nosotros, puede estar ocurriendo
una de dos cosas: estamos liberando capacidad para dedicarla a algo superior o
estamos dejando de construir una capacidad que necesitaremos después.
Desde fuera parecen idénticas.
Solo el futuro conoce la diferencia.
Tal vez necesitemos entonces una nueva forma de
responsabilidad: la responsabilidad intertemporal hacia uno mismo.
Antes de aceptar una comodidad podríamos preguntarnos no
solo cuánto tiempo nos ahorra hoy, sino qué clase de persona entrega mañana.
Porque nuestro yo futuro tiene una vulnerabilidad
extraordinaria.
No puede protestar.
No puede negociar.
No puede impedir que firmemos en su nombre.
Solo puede recibir aquello que decidamos dejarle.
Durante años hemos hablado de dejar a nuestros hijos un
planeta habitable, una economía sostenible o una sociedad mejor.
Quizá exista una herencia todavía más cercana.
Nosotros mismos.
Cada día estamos fabricando a la persona que mañana tendrá
que vivir con nuestras decisiones.
Y convendría recordar algo elemental:
nuestro yo futuro no es quien vendrá después de nosotros.
Es quien tendrá que sobrevivirnos.