El idioma como jaula y como llave

Cada palabra es una pared, una ventana o una puerta. Y con esa arquitectura se construye lo que llamamos “realidad”.

Cuando todo se reduce a “bien/mal”, “éxito/fracaso”, “los míos/los otros”, la mente se vuelve obediente por agotamiento: ya no tiene herramientas para pensar con delicadeza.

No estamos limitados por el lenguaje que conocemos, sino por el lenguaje que aceptamos. Hay palabras que nos sobran porque nos anestesian, y palabras que nos faltan porque nos despertarían. Entre unas y otras se juega la vida interior.

Si quieres un mundo más grande, no busques más estímulos. Busca mejores palabras. O invéntalas. Porque el límite no está en el planeta: está en la manera en que lo narras. Y, mientras no cambie esa narración, el mundo seguirá teniendo el tamaño exacto de tu jaula.