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La sospecha injusta

Me gusta ser viejo.
No por nostalgia ni resignación, sino porque la vejez me concede el raro privilegio de no tener que justificar mis fallos.
Puedo olvidar una palabra, renunciar a una cita, moverme despacio o quedarme callado sin que nadie lo cuestione.
Es una especie de tregua silenciosa con el mundo.

Pero también me desagrada ser viejo.
Porque esa misma indulgencia se convierte en sospecha.
Porque cuando me detengo demasiado o titubeo, no ven un gesto, sino un síntoma.
Ya no soy un ser complejo, lleno de matices: soy un diagnóstico caminando.

Y entonces la edad, que me aliviaba de tener que dar explicaciones, me obliga a defender algo más sutil y profundo:
la integridad de mi mente.

El último delante

Llega un momento en que uno se convierte, sin buscarlo, en el primero de la fila. No porque haya adelantado a nadie, sino porque todos los que iban delante ya se han ido. Los padres, los tíos, los abuelos. Las figuras que antes llevaban el peso de la historia familiar, las voces que tenían respuestas, los que sabían.

Y de pronto, el viejo soy yo.

No hay ya a quién preguntar. No queda un “más sabio” al que acudir. La memoria familiar me atraviesa, como último testigo. Es una nueva soledad, más vertical, más profunda. No la del que está solo, sino la del que está arriba. Y desde ahí, solo se mira hacia abajo.