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La paradoja de la libertad: entre el poder político y la censura empresarial

La libertad de expresión es un pilar democrático, pero en la práctica se ve tensionada entre dos fuerzas: el poder político y el corporativo. Bajo la administración Trump, se apeló a la Primera Enmienda mientras se ejercían presiones contra medios críticos, revelando una defensa selectiva de la libertad. Paralelamente, las grandes corporaciones mediáticas aplican una censura indirecta mediante cálculos financieros y reputacionales, como en el caso de la suspensión y posterior regreso de Jimmy Kimmel.

Esta doble pinza genera un empobrecimiento del espacio público: la palabra se modula según intereses políticos o económicos, instaurando un efecto de autocensura. Tocqueville y Foucault ya advirtieron que la tiranía democrática y el poder moderno no necesitan cadenas visibles, sino mecanismos que configuren lo decible. Hoy, la censura no se impone solo con leyes, sino con incentivos que hacen más rentable callar que hablar.

La verdadera libertad requiere más que protección legal: necesita medios independientes, pluralidad de espacios y ciudadanía consciente de los dispositivos que moldean su voz. De lo contrario, la democracia corre el riesgo de convertirse en una coreografía vacía, donde se habla dentro de un guion ya escrito.

En nuestro tiempo, la censura no prohíbe: convence de que callar es seguro y hablar es peligroso.

La libertad que no pueden quitarnos

En un mundo que gira con velocidad vertiginosa, donde lo exterior parece dictar cada instante de nuestras vidas, olvidamos con facilidad una enseñanza que atraviesa los siglos: la verdadera libertad no está en lo que poseemos ni en lo que controlamos, sino en nuestra relación con los acontecimientos.

Epicteto recordaba que nada es tan poderoso como la capacidad de discernir entre lo que depende de nosotros y lo que no. De nosotros dependen nuestras decisiones, nuestra actitud, la forma en que elegimos interpretar la realidad. No dependen, en cambio, la fortuna, el azar ni los juicios de los demás. El error más frecuente es confundir un plano con el otro: sufrir por lo que nunca estuvo bajo nuestro alcance y desatender lo único que nos pertenece de verdad —nuestro interior.

Esta distinción no es un refugio pasivo ni una resignación. Es, más bien, el acto más radical de soberanía personal: dejar de ser esclavos de la ira, de la vanidad, de los miedos que brotan de lo externo, para volvernos dueños de nuestra respuesta. No podemos impedir la tormenta, pero podemos elegir si enfrentamos sus vientos con serenidad o con desesperación.

El pensamiento de Epicteto es incómodo porque despoja al ego de excusas. Nos dice que la dignidad no se encuentra en el cargo, en la riqueza o en la fama, sino en la coherencia de un alma que sabe vivir conforme a su naturaleza. Una cadena puede atar los pies, pero no la mente. Una adversidad puede golpearnos, pero no doblegar la virtud.

En última instancia, la enseñanza del filósofo es un recordatorio de que la libertad no se conquista fuera, sino dentro. Y que quien aprende a gobernarse a sí mismo posee un poder que ningún tirano, circunstancia o infortunio podrá arrebatarle jamás.

Prohibir

En una sociedad en la que cada vez hay más prohibiciones y obligaciones y cuyo cumplimiento se impone a base de multas, embargos o prisión, es lógico que sus ciudadanos no desarrollen aptitudes relacionadas con la libertad, la creatividad, la autoestima, la confianza, sino todo lo contrario, fomentan conductas asustadizas, reprimidas, frustradas, pesimistas, ... es decir, el peor colectivo que un país puede tener para salir de la crisis ya que todo o casi todo está prescrito y debe cumplirse, sin olvidar que todo tiene un limite.

Todos debemos circular por las autopistas y carreteras, no está permitido ir campo a través. Lo mismo ocurre con el comportamiento de los ciudadanos, el legislador no cesa de promulgar normas y leyes generales sin un claro objetivo y, por lo tanto, con graves daños colaterales para los ciudadanos.

Entre la impulsividad de un dictador y la ingente cantidad de leyes de una democracia creo que es más paralizante lo segundo ya que se hace inabarcable, inasumible y todo el mundo está expuesto a los excesos en materia vigilante.

Coaccionar abusivamente a los ciudadanos no es lógico ni prudente en un estado moderno. Incluso en las familias se tolera un espacio de libertades para todos, fundamentalmente para que los más pequeños desarrollen con plenitud sus aptitudes.

Cuando parecía que la cultura sustituiría la mano dura ocurre todo lo contrario. La disciplina militar ha salido de los cuarteles y se ha instalado en la sociedad civil, y no hablo de las empresas, hablo de la importancia de un semáforo en rojo o de la señal de prohibición de no circular a más de 30, 40 ú 80 kilómetros por hora. El poder de esas señales supera a las de un sargento o a las de un oficial al sustituir un simple arresto por una multa y la previsible retirada del carnet de conducir, es decir, donde más duele en una sociedad en crisis, empobrecida y donde la movilidad es vital para encontrar empleo.

Los responsables de promover estas nuevas normas sólo persiguen mejorar las estadísticas de su predecesor sin cuestionar las consecuencias en el bienestar de los ciudadanos. En pro de objetivos hipócritas acercan la falta o el delito al ciudadano y no sólo se penalizan los accidentes sino su supuesta mala intención sin consecuencias.

No hemos aprendido nada. Se sigue coaccionando las conductas de los ciudadanos como hace siglos: multas, impuestos, embargo o prisión. De nada sirve que el nivel cultural haya mejorado, el legislador mientras legisla sigue viendo a los súbditos como primates y, como enseñar es lento y costoso, mejor prohibir.

Vergüenza gobernar promulgando o desarrollando leyes en lugar de reducirlas a medida que la sociedad avanza. Vergüenza gobernar a base de castigos económicos y penitenciarios aunque la falta no haya revestido consecuencias. Vergüenza vigilar, controlar y penalizar lo más fácil y evitar extremar la vigilancia donde la corrupción y el instinto humano se dan la mano y que tanto perjudica a la sociedad.

Experiencia, formación, talento y aptitudes debidamente hibridadas deberían ser los atributos de cualquier político profesional y cualquier ley debería haber sido gestada en el seno de un colectivo con esos requisitos. Lamentablemente muchas leyes y normas son el testimonio de una vanidad desproporcionada de alguién que quiso dejar su impronta en lugar de utilidad.

Una ley es un relé con salidas de si o no, de 0 ó 1, de cierto o falso, no es un sistema experto que admita los "peros" y su valoración. En una palabra, la ley es para los sistemas digitales, no para el ser humano y aún así, y siendo conscientes en su redacción de que habrá errores, abusos e injusticias, se pasa a trámite, se firma y se rubrica como "mandamiento" universal irrevocable.

Libertad

La libertad no es nunca absoluta, todas las libertades tienen restricciones, pues terminan donde comienza la libertad de los demás. Son palabras pronunciadas por el imán Abduljalil Sajid, Secretario del Congreso Mundial de Fes y presidente del Consejo Musulmán para la Armonía Religiosa y Racial del Reino Unido.

En este sentido, podríamos decir que la libertad es inversamente proporcional a la distancia y es en las grandes ciudades donde la libertad está más restringida, no sólo por la cantidad de normas y leyes vigentes en todos los sentidos, sino por la propia libertad de los demás que condiciona la nuestra por ser tantos y estar tan próximos.

Salir de la ciudad es aumentar nuestro espacio, es tener más libertad. Tal vez eso explique de algún modo la común y masiva huída de los fines de semana y vacaciones.