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Trump: el poder mediático como poder político

El poder de Donald Trump no puede entenderse sin el escenario mediático que lo sostiene. Su figura no surge del diseño de un proyecto político sólido, sino de la capacidad de convertir la política en espectáculo. Trump no gobierna desde las instituciones, sino desde la visibilidad.

En un mundo donde ser visto equivale a existir, los medios de comunicación han sido su fuente principal de energía. Cada insulto, cada provocación y cada gesto teatral no son simples exabruptos: son combustibles que alimentan un ciclo de atención inagotable. El escándalo se transforma en noticia; la noticia, en debate; el debate, en identidad para sus seguidores. Así, su liderazgo no se funda en la coherencia de un programa, sino en la intensidad de la exposición.

Filosóficamente, su poder encarna una paradoja: depende de los mismos medios que ataca. Sin ellos, no habría enemigo al que desafiar, ni espejo en el que proyectarse. El antagonismo con la prensa es parte de su estrategia narrativa: se proclama víctima de una élite mediática hostil mientras aprovecha la visibilidad que le brinda.

La pregunta, entonces, no es solo qué sería de Trump sin los medios, sino qué serían los medios sin Trump. Ambos forman una simbiosis inquietante: él los necesita para existir como líder político, y ellos lo necesitan para mantener la lógica de la atención que da sentido a la economía digital.

Lo que Trump revela es un cambio profundo en la naturaleza del poder: en la era del espectáculo, la política ya no se mide en instituciones o programas, sino en la capacidad de habitar permanentemente la pantalla.

El poder que se exhibe y el poder que se esconde

Durante décadas hemos repetido la narrativa de que el dinero manda, de que las élites económicas gobiernan en la sombra mientras los políticos actúan como títeres. Y, sin embargo, la realidad reciente en Estados Unidos, Rusia y China muestra una inversión inquietante: los millonarios, tan celebrados como intocables, se inclinan ante el poder político, conscientes de que su riqueza depende de esa obediencia.

El espectáculo es revelador: presidentes que hacen desfilar a las grandes fortunas, que enumeran sus inversiones como si fueran tributos, que deciden con un gesto quién se sienta a la mesa y quién desaparece del salón. Oligarcas que caen desde ventanas, multimillonarios que desaparecen en cárceles, tecnólogos que sonríen incómodos mientras juran lealtad.

La pregunta de fondo es: ¿qué clase de poder estamos presenciando? No el poder abstracto de los mercados, sino el poder desnudo de la autoridad, aquel que dicta la última palabra sobre la vida, la fortuna y la reputación. Es un poder que no se oculta en conspiraciones invisibles, sino que se exhibe en actos públicos, cenas televisadas y juicios ejemplarizantes.

Tal vez el error ha sido pensar el poder como un bloque único. Ni lo económico domina por completo, ni lo político desaparece bajo el peso del capital. Lo que vemos es un baile: a veces el dinero guía, otras veces obedece. Pero siempre es la capacidad de someter lo que define quién manda.

Y aquí surge la reflexión filosófica: si el poder se reduce a obediencia forzada, ¿qué queda de la libertad? Cuando las élites más ricas del planeta aceptan inclinar la cabeza, ¿qué puede esperar el ciudadano común? La ilusión de autonomía se desvanece y nos queda el recordatorio brutal de que toda riqueza, toda influencia, es frágil ante la mano que regula.

Lo que los grandes líderes saben —y las élites económicas no quieren admitir— es que el poder no reside en poseer, sino en decidir. El dinero puede comprar casi todo, menos la palabra última que marca el destino de los hombres. Y esa palabra, en este tiempo, sigue perteneciendo a la política.

CAMBIO DE PODER

Apareció “Word”, “Excel”, “Access”, “Power Point”, “Outlook Express”, “Messenger”, etc., herramientas informáticas estándar y universales para escribir, calcular, comunicar, es decir, los mismos medios para todos, sin distinciones de raza, religión, cultura o estatus.

Resulta curioso comprobar que el resultado en el manejo de tales herramientas no tiene nada que ver con la relevancia social que se ostenta en la sociedad: políticos con faltas de ortografía en sus textos; empresarios que no saben manejar hojas de cálculo; grandes oradores incapaces de comunicarse con la escritura. Todos ellos necesitan a colaboradores que hagan de “interface” entre su mundo y las herramientas del nuevo mundo, sin embargo, simples y humildes ciudadanos no sólo son capaces de manejar éstas herramientas sino que son capaces de comunicar como nadie lo ha hecho hasta la fecha. Me atrevería a llamarlo como “el mundo cultural de lo no profesional”. En sus escritos se nota la pasión, el entusiasmo, la emoción, el ingenio, la creatividad, la riqueza de un saber compartir algo auténtico y altruista. Son textos carentes de soberbia y envidia que ven la luz directamente sin la intervención de un medio subjetivo y subyugado a su ideología e intereses.

Gracias a la descentralización cada vez más acusada de la información, el llamado poder informativo y sus aliados ya no estará en manos de unos pocos y de sus exclusivos intereses económicos, Internet y los autores de los “blogs” y derivados se encargarán de ello y tal vez así se consiga un mundo mejor y más solidario.

“Word”, “Excel”, “Access”, “Power Point”, “Outlook Express”, “Messenger”, etc., son herramientas y no son tan importantes como lo que se hace con ellas y se comparte.