Mostrando entradas con la etiqueta Riesgo cognitivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Riesgo cognitivo. Mostrar todas las entradas

El precio irreversible de saber

 

Vivimos rodeados de una convicción casi indiscutible: saber es mejor que ignorar. Buscamos información, explicaciones, respuestas. Consideramos el conocimiento una forma de progreso y la ignorancia una carencia que debe corregirse.

Pero pocas veces pensamos en algo más incómodo: conocer también es exponerse.

Antes de acceder a un nuevo conocimiento existe una bifurcación silenciosa. Podemos permanecer fuera y conservar intacto nuestro mundo anterior. O podemos entrar. El problema es que desconocemos qué encontraremos dentro y, sobre todo, qué hará con nosotros aquello que encontremos.

Porque hay conocimientos que simplemente añaden información, pero otros modifican a quien los recibe.

Descubrir una verdad sobre alguien puede destruir una relación. Comprender determinado mecanismo social puede volver imposible contemplarlo después con inocencia. Conocer un diagnóstico puede transformar el futuro antes incluso de que este llegue. Entender ciertas dimensiones de la existencia puede sustituir antiguas certezas por preguntas mucho más difíciles de soportar.

El conocimiento posee, por tanto, una propiedad extraña: podemos decidir adquirirlo, pero no siempre podemos decidir sus consecuencias.

Y existe una asimetría todavía más profunda. Antes de saber podemos elegir entre conocer y no conocer. Después de saber, esa elección desaparece. Podemos olvidar parcialmente, negar, racionalizar o intentar mirar hacia otro lado, pero ya hemos cruzado una frontera: no podemos recuperar exactamente a la persona que éramos cuando aquello todavía nos era desconocido.

Quizá por eso deberíamos hablar de riesgo cognitivo.

No como argumento a favor de la ignorancia, sino como reconocimiento de que el conocimiento no es una sustancia intelectualmente inocua. Algunas ideas alteran nuestras creencias; otras, nuestra identidad; algunas destruyen certezas que cumplían una función psicológica que solo descubrimos cuando desaparecen.

La humanidad ha construido una ética alrededor de qué conocimientos deben ser accesibles. Tal vez necesitemos también una reflexión íntima sobre qué significa estar preparado para conocer.

Porque la libertad intelectual quizá no consista solamente en poder abrir todas las puertas.

También consiste en comprender que algunas, una vez abiertas, ya no permiten regresar a la habitación desde la que las abrimos.