Me gusta ser viejo.
No por nostalgia ni resignación, sino porque la vejez me concede el raro privilegio de no tener que justificar mis fallos.
Puedo olvidar una palabra, renunciar a una cita, moverme despacio o quedarme callado sin que nadie lo cuestione.
Es una especie de tregua silenciosa con el mundo.
No por nostalgia ni resignación, sino porque la vejez me concede el raro privilegio de no tener que justificar mis fallos.
Puedo olvidar una palabra, renunciar a una cita, moverme despacio o quedarme callado sin que nadie lo cuestione.
Es una especie de tregua silenciosa con el mundo.
Pero también me desagrada ser viejo.
Porque esa misma indulgencia se convierte en sospecha.
Porque cuando me detengo demasiado o titubeo, no ven un gesto, sino un síntoma.
Ya no soy un ser complejo, lleno de matices: soy un diagnóstico caminando.
Y entonces la edad, que me aliviaba de tener que dar explicaciones, me obliga a defender algo más sutil y profundo:
la integridad de mi mente.