Protagonista o espectador

 

Hay vidas que se gastan actuando y vidas que se consumen mirando.
El protagonista se expone al error, al roce, a la herida de lo real.
El espectador se protege, pero a veces se conserva tanto que acaba no viviendo.

Actuar compromete.
Observar distancia.
Lo primero da espesor.
Lo segundo da perspectiva.

Pero toda ventaja encierra su sombra:
quien protagoniza puede confundirse con su papel;
quien contempla puede terminar habitando solo reflejos.

El protagonista paga el precio de intervenir.
El espectador paga el precio de aplazar.

Uno se arriesga a perderse en la acción.
El otro, a disolverse en la ausencia.

Ser protagonista sin conciencia conduce a la ceguera del impulso.
Ser espectador sin límite conduce a la esterilidad del alma.

La madurez quizá consista en alternar ambas posiciones sin quedar atrapado en ninguna:
saber mirar antes de actuar,
y saber actuar antes de que mirar se convierta en renuncia.

No siempre vive más quien más se mueve.
Pero casi nunca vive de verdad quien solo observa.