El lujo de no pensar

Hay una forma de pobreza que no nace de la escasez, sino de la delegación. No empobrece más la falta de dinero que la renuncia a ejercer el propio juicio cuando se tienen medios para comprar sustitutos de uno mismo. Quien puede pagar para que otro resuelva, interprete, recuerde o decida por él, corre el riesgo de convertir su comodidad en amputación.

Pensar siempre ha sido una tarea incómoda. Obliga a dudar, a soportar la incertidumbre y a enfrentarse a contradicciones que no admiten anestesia. No ofrece la gratificación inmediata de las respuestas prefabricadas. Exige una valentía silenciosa: la de no esconderse detrás de expertos, costumbres o autoridades cuando lo que está en juego es la construcción interior de uno mismo.

Por eso el dinero, cuando deja de facilitar la vida y empieza a reemplazar la conciencia, puede convertirse en un dispositivo de degradación espiritual. No porque comprar sea indigno, sino porque existe un umbral invisible a partir del cual pagar deja de ser una herramienta y pasa a ser una coartada: exención de reflexionar, de decidir, de asumir el peso de existir con lucidez.

Ahí aparece la paradoja: cuanto más poder adquisitivo tiene alguien, más tentado puede sentirse a no desarrollar su poder interior. Puede adquirir información sin comprenderla, opiniones sin elaborarlas, cultura sin asimilarla, prestigio sin mérito, tecnología sin sabiduría. Y así, rodeado de soluciones, va perdiendo la facultad de formular preguntas. Lo tiene casi todo, salvo lo esencial: una mente que no haya sido subcontratada.

Lo más grave no es que otro piense por nosotros en asuntos prácticos, sino acostumbrarse a vivir sin notar la pérdida. Porque entonces ya no se compra solo eficiencia: se compra distancia respecto de uno mismo. Cada vez que evitamos pensar pudiendo hacerlo, no ahorramos esfuerzo; cedemos soberanía.

Quien cree haberse liberado de la “molestia” de pensar quizá ya ha pagado el precio más alto: ha entregado la musculatura de su espíritu a cambio de una comodidad que lo vacía. Pensar es fastidioso, sí. Pero también lo es todo lo decisivo. Solo las existencias huecas aspiran a eliminar por completo esa fricción.

Tal vez la verdadera decadencia comience en el instante en que una persona descubre que puede permitirse no pensar y empieza a considerar eso una victoria. Porque desde ese momento ya no compra ayuda: compra sustitución. Ya no gana tiempo: pierde espesor. Ya no administra medios: abdica de sí.