Cuando el progreso ya no reparte futuro


Durante mucho tiempo creímos que el trabajo bastaría.

Una persona trabajaba, cobraba un salario, pagaba su casa, sostenía a su familia y esperaba mejorar con los años. Ese era el pacto: producir más para vivir mejor.

Pero algo se ha roto.

Muchas empresas proceden de un mundo industrial que ya no existe como antes. Nacieron para fabricar, vender, crecer y repartir salarios. Después llegaron nuevas revoluciones, nuevas máquinas y nuevas formas de competir. Cada avance prometía eficacia, pero también dejó a más personas descolocadas.

El progreso empezó a ir más rápido que la capacidad humana de adaptarse.

Muchos trabajadores no pueden reciclarse al ritmo que exige el sistema. Muchos empleos pierden valor antes de que quienes los hacen puedan aprender otro. Muchas empresas tampoco encuentran ya la forma de pagar mejores salarios, sostener beneficios y satisfacer a sus propietarios al mismo tiempo.

La presión cae siempre hacia abajo: sobre quien trabaja, sobre quien paga alquiler, sobre quien teme perder el empleo, sobre quien descubre que esforzarse ya no garantiza avanzar.

Y ahora llegan la inteligencia artificial y la robótica para acelerar la pregunta que nadie quiere mirar de frente:

¿Qué haremos con una sociedad donde cada vez hará falta menos trabajo humano para producir riqueza?

El problema no será solo económico. Será moral.

Si las máquinas producen más, pero la vida de la mayoría se estrecha, el progreso habrá dejado de ser una promesa común para convertirse en una herramienta de separación.

Unos tendrán tecnología.

Otros tendrán incertidumbre.

Unos tendrán propiedad.

Otros tendrán adaptación permanente.

Unos tendrán beneficios.

Otros tendrán miedo.

El viejo pacto social descansaba sobre el salario. Pero si el salario pierde fuerza, si el empleo se vuelve insuficiente y si la riqueza se concentra donde ya había poder, habrá que inventar otra forma de sostener la vida.

La pregunta decisiva será:

¿Para quién trabaja el progreso?

Porque si trabaja solo para reducir costes, aumentar márgenes y expulsar personas, será progreso técnico, pero retroceso social.

Incluso la extracción tiene un límite.

Durante mucho tiempo pareció posible sacar más de casi todos: más alquiler, más deuda, más factura, más esfuerzo, más adaptación, más paciencia. Pero ese margen se estrecha. Cada vez habrá menos colectivos a los que exprimir sin romperlos del todo.

Y ahí aparece la contradicción final:

Un sistema que vive de extraer acaba destruyendo aquello de lo que extrae.

No hace falta prever con exactitud qué vendrá. Basta con mirar la dirección del movimiento. Si la inteligencia artificial reduce el lugar del trabajo humano, si el salario pierde fuerza como vía de integración social y si la riqueza se concentra cada vez más arriba, la pregunta ya no será solo cómo crecer.

Será otra mucho más incómoda:

¿Cómo se mantiene una sociedad cuando la mayoría deja de ser necesaria como productora, pero sigue siendo imprescindible como población que debe vivir?

Ese será el verdadero conflicto del próximo tiempo.

No la falta de tecnología.

La falta de pacto.