La evolución no tenía un plan.
No aspiraba a fabricar cerebros capaces de escribir poemas, construir ciudades o preguntarse por el sentido de la existencia. Solo conservaba aquello que permitía vivir el tiempo suficiente para reproducirse.
Por eso una mosca no es una criatura incompleta.
No es un proyecto de ser humano que quedó a medio camino. Es una solución biológica extremadamente eficaz: pequeña, veloz, fértil, adaptable y capaz de sobrevivir en entornos donde nosotros apenas duraríamos unos días.
La inteligencia humana tampoco representa necesariamente la culminación de la vida. Es solo una estrategia entre muchas. Una estrategia cara, además: exige enormes cantidades de energía, una infancia prolongada, aprendizaje constante y una compleja cooperación social.
Nos permitió dominar buena parte del planeta, pero también fabricar armas capaces de destruirlo, alterar el clima que nos sostiene y construir sistemas que quizá algún día ya no podamos controlar.
La mosca no conoce el universo.
Pero tampoco necesita justificar su existencia, anticipar su muerte ni preguntarse si está destruyendo el mundo que la mantiene viva.
Quizá la inteligencia no sea el destino inevitable de la evolución.
Quizá sea una anomalía.
Una apuesta extraordinaria de la vida: otorgar a una especie la capacidad de comprender el mundo y, al mismo tiempo, la posibilidad de arruinarlo.
La evolución no premia a quien entiende más.
Premia a quien permanece.
Y todavía está por ver si la inteligencia humana será una ventaja duradera o simplemente una brillante forma de desaparecer.