El destino del tiempo ganado

La inteligencia artificial promete ahorrarnos tiempo. Pero ahorrar tiempo y disponer de él no son necesariamente lo mismo.

Cuando una tarea que antes requería tres horas puede resolverse en una, aparecen dos horas nuevas. La cuestión verdaderamente interesante comienza entonces: ¿adónde van esas dos horas?

Podemos distinguir tres destinos.

El primero es el tiempo cedido. La productividad aumenta y el tiempo liberado es inmediatamente ocupado por nuevas tareas. La empresa, la organización o incluso nosotros mismos elevamos las expectativas. Hacemos más en el mismo tiempo. La IA nos ha ahorrado horas, pero no nos pertenecen.

El segundo es el tiempo reutilizado. Las horas recuperadas se destinan conscientemente a otra cosa: producir, aprender, crear, pensar, descansar o relacionarnos. Aquí existe una verdadera transferencia del beneficio tecnológico hacia nuestra capacidad de elegir.

Pero existe una tercera posibilidad, menos visible: el tiempo ocultado. Ahorramos minutos y horas que terminan fragmentados entre correcciones, mensajes, consultas, redes, nuevas posibilidades y pequeñas tareas. Objetivamente hemos ganado tiempo; subjetivamente, nunca llegamos a encontrarlo.

Esta distinción puede resultar fundamental para comprender el verdadero impacto de la IA. Una sociedad podría duplicar su productividad sin que sus ciudadanos sintieran que disponen de más tiempo.

Quizá, por tanto, estamos formulando mal la pregunta. No basta con calcular cuántas horas de trabajo puede ahorrarnos la inteligencia artificial.

Habrá que observar qué ocurre después con ellas.

Porque la gran transformación no dependerá únicamente de cuánto tiempo libere la IA, sino de quién consigue apropiarse de ese tiempo y decidir qué hacer con él.