El otro que seré yo

 

Hemos aprendido a pensar en la responsabilidad hacia el futuro como una obligación entre generaciones. No agotar recursos, no destruir ecosistemas, no dejar deudas insoportables. En definitiva: no vivir hoy a costa de quienes llegarán mañana.

Pero existe alguien mucho más próximo a quien también podemos perjudicar y que, paradójicamente, apenas participa en nuestras decisiones.

La persona que todavía no somos.

Nuestro yo de mañana comparte una extraña condición con las generaciones futuras: sufrirá consecuencias de decisiones en las que no estuvo presente.

No pudo opinar cuando abandonamos aquel aprendizaje.

No participó cuando convertimos una comodidad en hábito.

No autorizó que hipotecáramos su tiempo, deterioráramos nuestra capacidad de atención o delegáramos capacidades que él quizá necesitará.

Simplemente recibirá el resultado.

Aquí aparece una posible responsabilidad intertemporal personal: considerar nuestra vida no como un único individuo atravesando el tiempo, sino como una sucesión de versiones de nosotros mismos que se entregan unas a otras un patrimonio.

Ese patrimonio no contiene solamente dinero.

Contiene cuerpo, conocimientos, relaciones, reputación, memoria, atención, autonomía, criterio, hábitos y posibilidades.

Cada yo recibe una herencia del anterior, la utiliza durante un tiempo y después la entrega al siguiente.

La cuestión moral cambia entonces profundamente.

Ya no basta preguntarnos: ¿puedo permitirme esto ahora?

También deberíamos preguntarnos:

¿qué estoy obligando a asumir al que seré después?

La inteligencia artificial vuelve esta pregunta especialmente urgente porque permite intercambios intertemporales casi invisibles. Puede ahorrarnos hoy una hora, un razonamiento, una decisión o un aprendizaje. Algunas veces estaremos liberando capacidades. Otras estaremos consumiéndolas.

El problema es que la factura llegará más tarde.

Quizá debamos pensar nuestra identidad como una cadena de custodios.

Ninguno posee completamente aquello que llamamos «yo».

Cada uno lo recibe temporalmente.

Lo modifica.

Y lo entrega.

Entonces cuidar de uno mismo deja de ser únicamente una cuestión de bienestar presente. Se convierte en una obligación hacia alguien que todavía no puede agradecernos ni reprocharnos nada.

Alguien que heredará todas nuestras decisiones.

Y que, cuando finalmente pueda juzgarlas, ya será demasiado tarde para cambiarlas.

Nosotros.