El patrimonio que somos

 

Quizá llevemos toda la vida administrando una herencia sin saberlo.

Cada mañana recibimos algo de la persona que fuimos ayer.

Un cuerpo en determinado estado. Una memoria. Conocimientos. Hábitos. Relaciones. Dinero. Atención. Autonomía. Reputación. Tiempo disponible. Incluso determinadas posibilidades que todavía permanecen abiertas.

Ese conjunto constituye nuestro patrimonio personal intertemporal.

No lo hemos creado completamente nosotros. Lo recibimos.

Y tampoco será enteramente nuestro.

Lo entregaremos.

La vida podría contemplarse entonces como una sucesión de administradores de una misma herencia. Cada versión de nosotros recibe un patrimonio del yo anterior, dispone de él durante un breve periodo y después se lo transmite inevitablemente al siguiente.

Tiene derecho a utilizarlo.

Tiene derecho a transformarlo.

Pero quizá tenga también una obligación que nunca hemos formulado:

no entregarlo injustificadamente empobrecido.

Esto no significa conservarlo todo. Vivir exige gastar. El cuerpo envejece. El dinero se utiliza. Algunas relaciones terminan. Olvidamos conocimientos. Cambiamos convicciones. Renunciar también forma parte de vivir.

La cuestión no es evitar cualquier pérdida.

Es distinguir entre consumir patrimonio para vivir y destruir patrimonio para facilitar el presente.

Ahí aparece una contabilidad diferente.

Aprender puede aumentar patrimonio cognitivo. Mantener la atención protege patrimonio mental. Cultivar relaciones incrementa patrimonio social. Conservar la capacidad de decidir protege patrimonio de autonomía. Ejercitar el criterio preserva algo todavía más profundo: nuestra capacidad de gobernarnos.

Y también podemos endeudarnos.

Cada comodidad que sustituye una capacidad en lugar de ampliarla puede representar una retirada de ese patrimonio. Pequeña, aparentemente irrelevante, incluso beneficiosa.

Hasta que las retiradas se acumulan.

Entonces comprendemos que algunas facturas nunca fueron económicas.

Las pagamos convirtiéndonos en alguien con menos opciones.

Tal vez debamos abandonar una idea profundamente arraigada: que somos propietarios absolutos de nosotros mismos.

Somos propietarios, sí.

Pero también usufructuarios.

Habitamos temporalmente una persona que estamos modificando continuamente y que tendremos que entregar.

No a nuestros hijos.

No a la sociedad.

Ni siquiera a la historia.

A nosotros mismos.

Quizá por eso exista una forma elemental de responsabilidad que nunca aparece escrita:

Recibirnos, vivirnos y entregarnos al siguiente yo sin haber dilapidado innecesariamente aquello que todavía podía llegar a ser.