Las deudas que nadie contabiliza

 

Hemos construido una civilización extraordinariamente preparada para medir lo que debemos.

Sabemos cuánto debe una familia, una empresa o un Estado. Calculamos intereses, vencimientos, riesgos. Pero quizá las deudas más importantes que estamos acumulando ya no aparezcan en ningún balance.

Son deudas contraídas con nosotros mismos.

Existe una deuda cognitiva cuando dejamos que otros sistemas piensen reiteradamente aquello que necesitábamos ejercitar para seguir sabiendo pensar.

Existe una deuda de atención cuando entregamos nuestra concentración a cambio de estímulos inmediatos, hasta que mantener la mente sobre algo que no nos recompensa enseguida comienza a resultar insoportable.

Existe una deuda de autonomía cuando delegamos tantas decisiones que acabamos necesitando asistencia precisamente porque hemos perdido práctica decidiendo.

Y existe una deuda de criterio cuando recibimos tantas respuestas terminadas que dejamos de construir los mecanismos internos que nos permitían distinguir una respuesta convincente de una respuesta verdadera.

Todas parecen ventajosas al principio.

Pensamos menos y producimos más. Prestamos menos atención y recibimos más estímulos. Decidimos menos y nos equivocamos menos. Evaluamos menos y obtenemos respuestas más deprisa.

El presente mejora.

Ahí está precisamente el peligro.

Porque estas deudas tienen una característica que las diferencia de las financieras: podemos estar contrayéndolas sin sentir que debemos nada.

No llegan facturas.

Llegan incapacidades.

Un día descubrimos que cuesta concentrarse. Otro, que resulta difícil escribir sin asistencia. Más tarde, que preferimos que alguien recomiende, seleccione, resuma, interprete y finalmente decida.

Y entonces comprendemos que aquello que parecía comodidad estaba utilizando algo como garantía.

Nosotros.

Tal vez estemos entrando en la primera época capaz de hipotecar masivamente facultades humanas sin necesidad de arrebatárselas a nadie. Basta con ofrecer alternativas suficientemente cómodas para que dejemos de ejercitarlas.

Por eso la pregunta decisiva ante una tecnología quizá ya no sea solamente:

¿Qué me permite hacer?

Deberíamos añadir otra mucho más incómoda:

¿Qué dejaré de poder hacer si siempre dejo que lo haga por mí?

Porque algunas tecnologías nos prestan capacidades.

Pero el interés puede cobrarse en autonomía.