¿Decadencia intelectual o mutación silenciosa?

Durante años nos hemos aferrado al coeficiente intelectual como si fuera la vara definitiva para medir lo que somos capaces de pensar y crear. Pero ahora, mientras la inteligencia artificial acelera y se perfecciona, ese indicador parece caer en picado en muchos países desarrollados. Y la pregunta se impone: ¿nos estamos volviendo más torpes… o estamos mudando la piel de nuestra inteligencia?

Las explicaciones fáciles señalan contaminantes, dietas pobres o una estimulación mental cada vez más superficial. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es lo que se pierde, sino hacia dónde se desplaza nuestra capacidad de pensar.

Un reciente informe de Microsoft lo deja claro: en la era de la IA, no sobrevivirán los trabajos que dependen de un alto CI clásico, sino los que exigen intuición, creatividad, flexibilidad emocional y una habilidad natural para orientarse en la incertidumbre. No hablamos de rapidez de cálculo ni de memoria impecable —eso ya lo hacen las máquinas—, sino de las zonas grises donde la lógica cede espacio al juicio, la empatía y la interpretación del caos.

Quizá esta caída del CI no sea una degradación pura, sino una redistribución silenciosa de capacidades. Un cambio de equilibrio: abandonar lo que las máquinas ya hacen mejor para potenciar lo que sigue siendo exclusivamente humano.

El problema es que seguimos midiendo con mapas antiguos un territorio nuevo. Pruebas diseñadas para un mundo ordenado, escolar y analógico se aplican a una generación que vive en un entorno inestable, saturado y veloz, donde lo importante no es repetir lo aprendido, sino improvisar para no hundirse.

No se trata de negar la pérdida de ciertos saberes, sino de entender que la inteligencia se adapta a su contexto. Y lo que hoy parece decadencia, mañana podría ser una forma inesperada de supervivencia mental.

Tal vez no nos estemos volviendo más tontos. Tal vez estemos aprendiendo a pensar distinto. Y en un planeta gobernado por máquinas que calculan sin comprender, esa diferencia podría ser nuestra última chispa.