La trinidad invisible

El ser humano no nace con respuestas: nace con ojos. Ojos que se abren ante lo que no entiende, que se agrandan ante lo que sorprende. Ahí habita el asombro, esa primera vibración que nos arranca del letargo y nos recuerda que el mundo no está agotado, que aún quedan esquinas inexploradas incluso en lo que creemos conocer.

Pero el asombro por sí solo es un relámpago fugaz. Necesita de la duda para convertirse en camino. La duda no es desconfianza ciega ni negación sistemática; es la forma más noble de respeto hacia la verdad. Dudar es concederle al misterio el derecho a justificarse, es negarse a ser esclavo de certezas heredadas.

Y entre el asombro que abre la puerta y la duda que interroga, surge la reflexión. Es ahí donde la mente traza mapas, busca coherencias, reconoce contradicciones. Reflexionar es conversar con uno mismo sin prisas, dejando que las preguntas respiren antes de empujarlas hacia una conclusión.

Esta trinidad invisible —asombro, duda, reflexión— es la savia de toda evolución humana. Sin asombro, nos volvemos indiferentes; sin duda, nos volvemos dogmáticos; sin reflexión, nos volvemos superficiales.

En un mundo que premia la rapidez y la reacción inmediata, cultivar estas tres capacidades es un acto de resistencia. Es negarse a vivir en piloto automático. Es recordar que lo verdaderamente humano no es tener todas las respuestas, sino saber vivir con las preguntas abiertas.