España se acerca a los 50 millones de habitantes mientras su propio corazón demográfico late cada vez más despacio. En ese vacío de nacimientos, la inmigración aparece como el único torrente que mantiene vivo el cuerpo social. Pero ese torrente llega sin cauce: abundan brazos dispuestos a trabajar, y sin embargo miles de vacantes en distribución o construcción siguen huérfanas.
La paradoja revela una verdad incómoda: no basta con recibir, también hay que preparar. La carencia de formación convierte la promesa de integración en un riesgo de exclusión, y lo que podría ser impulso se convierte en fricción. El Estado ofrece normas mínimas, pero carece de un plan real que alinee lo que necesita el mercado con lo que pueden ofrecer quienes llegan.
La inmigración, sin guía, puede acabar siendo dilapidación de recursos y frustración compartida. Con brújula, en cambio, puede ser oportunidad de equilibrio: llenar huecos laborales, renovar un país envejecido y dar sentido al cruce de caminos. La pregunta es si sabremos ver en esos recién llegados no solo manos, sino también mentes capaces de crecer si les damos la tierra fértil para hacerlo.