La felicidad se nos presenta como un horizonte: visible, pero siempre distante. Caminamos hacia ella con la esperanza de alcanzarla, pero cuanto más nos acercamos, más se desplaza, como un espejismo en medio del desierto. Quizá por eso resulta tan difícil poseerla: porque no es objeto ni estado, sino tránsito.
Vivimos bajo la ilusión de que la felicidad debe tener forma concreta: un logro, una relación, un lugar, una meta alcanzada. Sin embargo, cada vez que la vinculamos a algo tangible, su sustancia se evapora en el mismo instante en que lo obtenemos. Es como querer atrapar el agua con las manos: cuanto más la apretamos, más rápido se escurre.
Lo intangible de la felicidad es lo que la hace posible. No reside en las cosas, sino en la manera en que nos vinculamos a ellas. No está en el resultado, sino en la atención silenciosa al proceso. Surge en la pausa, en el gesto inesperado, en la conversación que no esperábamos, en la mirada que nos recuerda que existimos para otro.
Quizá buscar la felicidad como si fuera un tesoro oculto sea el error. Tal vez se trate, más bien, de aprender a reconocerla cuando pasa fugaz, como luz entre las rendijas. La verdadera sabiduría no está en conquistarla, sino en permitirse sentirla aun sabiendo que se desvanecerá.
En esa intangibilidad, lejos de ser una carencia, está su fuerza: la felicidad no se acumula, se vive.