Cuando la ambición no encuentra cuerpo

“La ambición supera las capacidades de algunos” parece, a primera vista, un juicio severo. Pero en realidad es un recordatorio de la desproporción que late entre el deseo y la acción. La ambición no es un defecto en sí misma: es la chispa que enciende la voluntad, el empuje que nos arranca de la comodidad. El problema surge cuando la ambición se despega de las capacidades reales y se convierte en pura ilusión de grandeza.

Hay quienes se pierden en esa brecha. Su ambición se infla como un globo, pero no tienen la estructura interna para sostenerlo. Ahí nacen la frustración, la mentira y, en ocasiones, la crueldad hacia los demás. La ambición sin sustento busca atajos: disfrazar incompetencias, aplastar a otros para compensar carencias, vivir del brillo ajeno.

La paradoja es que no siempre es la falta de talento lo que derrumba, sino la falta de cultivo. La ambición pide disciplina, aprendizaje, paciencia. Sin ese trabajo, se convierte en una sombra larga que empequeñece a quien la proyecta. La verdadera grandeza no está en desear más de lo que uno puede, sino en expandir lo que uno puede para estar a la altura de lo que desea.

Cuando la ambición supera las capacidades, puede ser un engaño mortal. Pero también puede ser una señal: ahí está el límite que invita a crecer. Lo trágico no es que la ambición desborde; lo trágico es que no queramos ensanchar nuestra medida para sostenerla.