El ser humano vive atrapado en una tensión ineludible: lo que desea rara vez coincide con lo que puede. El deseo es exceso, impulso hacia lo que todavía no existe, apertura hacia lo improbable. Lo posible, en cambio, es límite, frontera, recordatorio de que habitamos un mundo de recursos escasos, cuerpos frágiles y normas que nos encadenan.
Para sobrevivir en esa tensión, la conciencia recurre a un mecanismo silencioso: acomoda el deseo a lo posible y lo llama preferencia. Lo que ayer parecía indispensable, hoy se convierte en algo secundario; lo que no podemos alcanzar se reinterpreta como algo que nunca quisimos realmente. De esta manera, la frustración se disuelve en un gesto de autoprotección: convencernos de que elegimos lo que en realidad nos ha sido impuesto.
Hay, sin embargo, dos lecturas de este acomodo. Una, de raíz estoica, lo entiende como sabiduría: reducir los deseos, aprender a desear lo que se tiene, hallar serenidad en lo mínimo. Otra, más crítica, lo denuncia como un autoengaño: renunciar a lo que anhelábamos y revestirlo con la máscara de la virtud, cuando en realidad no es más que sometimiento disfrazado de libertad.
La paradoja es que ambas visiones pueden coexistir. Adaptarse protege al individuo del dolor, pero también lo encierra en una jaula invisible. Nos convencemos de que hemos escogido la austeridad, cuando quizás solo hemos aprendido a amar la escasez que otros decidieron por nosotros.
La pregunta que queda abierta es inquietante: ¿debemos reducir siempre el deseo a lo que es alcanzable, o debemos arriesgarnos a ampliar lo posible para honrar al deseo? Si solo acomodamos, terminamos anestesiados; si solo exigimos lo imposible, acabamos destruidos por la frustración.
Quizá la salida no consista en elegir un camino, sino en sostener la tensión. Protegernos sin renunciar, aceptar sin olvidar lo que falta. El deseo que se pliega demasiado muere; el deseo que nunca se adapta se rompe. Entre ambos extremos se encuentra la frágil autenticidad: vivir cuidando nuestros límites, pero dejando siempre una rendija abierta por donde el deseo, indócil, siga respirando.