La clase social no solo reparte bienes: también distribuye maneras de mirar el mundo.
Quien crece entre límites y amenazas desarrolla una atención fina al contexto, a los gestos, a las señales que indican peligro o alianza. Vive en un modo de lectura constante del entorno. En cambio, quien vive entre seguridades aprende a verse a sí mismo como causa: confunde el control con el mérito, la estabilidad con el talento.
Quien crece entre límites y amenazas desarrolla una atención fina al contexto, a los gestos, a las señales que indican peligro o alianza. Vive en un modo de lectura constante del entorno. En cambio, quien vive entre seguridades aprende a verse a sí mismo como causa: confunde el control con el mérito, la estabilidad con el talento.
Paradójicamente, las vidas más frágiles suelen contener más empatía.
El que menos tiene percibe antes la emoción ajena, ofrece más ayuda, siente más compasión.
Pero ese mismo entorno le roba la fe en la eficacia colectiva, como si el esfuerzo común no bastara para alterar el curso de lo establecido.
Así, la desigualdad se perpetúa también en el plano invisible:
en la forma de pensar, en la cantidad de control que creemos tener,
en la capacidad de imaginar un cambio que aún parezca posible.