El sufrimiento más persistente no nace de lo que falta, sino del deseo perpetuo, esa tensión interior que nunca se sacia y siempre exige más. El deseo no busca completarse, sino mantenerse vivo, prometiendo plenitud futura mientras vacía el presente.
Por eso la felicidad verdadera no puede basarse en lo que poseemos, porque todo lo obtenido se desgasta y nunca es suficiente. La auténtica libertad nace de la liberación, no de la acumulación: soltar expectativas, dejar de convertir cada experiencia en una carrera hacia algo más, recuperar espacio interior.
La madurez consiste en entender que la vida se vuelve más ligera cuando dejamos de perseguirla y comenzamos a habitarla. Querer menos no es renunciar: es liberarse.