Muchos llegan al final de etapas de su vida con una sensación extraña: “he hecho muchas cosas, pero no sé si he vivido”. Lo que falta no es tiempo, es presencia.
No recordamos los años.
Recordamos los instantes en los que estuvimos realmente ahí.
Esos momentos tienen algo en común: atención plena, emoción sentida, percepción despierta. La conciencia fue más intensa que la distracción.
Ahí el tiempo deja de ser un número y se convierte en significado.