La multitud que aún no se ha encontrado

Tal vez todos llevemos dentro una facultad diferenciadora, pero no una facultad terminada. Nacemos con una posibilidad, no con una obra concluida.

Esa posibilidad puede ser espacial, musical, verbal, estratégica, mecánica, emocional o todavía innombrable. Permanece oculta hasta que algo la convoca: una ciudad que exige ser memorizada, un instrumento encontrado por casualidad, un problema que nadie sabe resolver, una persona que reconoce en nosotros lo que todavía no sabemos ver.

El hallazgo puede ser accidental. Su desarrollo nunca lo es.

Los taxistas londinenses no recibieron un hipocampo extraordinario como recompensa anticipada. Años de navegación transformaron su cerebro. El pianista acaba llevando el piano en sus manos; el bailarín, la coreografía en el equilibrio; el tenista, la trayectoria de la pelota en sus reflejos. La práctica deja de ser una actividad exterior y se convierte en anatomía.

El cerebro no guarda simplemente lo que hacemos.

Termina pareciéndose a ello.

Pero nuestra sociedad concede una ventaja decisiva a las facultades que pueden exhibirse. El músico toca, el futbolista marca, el bailarín ejecuta. Su capacidad sucede ante nuestros ojos y puede convertirse inmediatamente en espectáculo, reconocimiento y dinero.

Las facultades cognitivas, en cambio, trabajan con frecuencia en la sombra. Anticipan una crisis que no llegará a ocurrir, detectan una debilidad antes del colapso, conectan datos que parecían dispersos o evitan una decisión cuyos daños nunca podrán mostrarse.

Su valor debe ser explicado.

Por eso el pensamiento necesita persuadir para ser reconocido y disuadir para impedir que se ignore. Lo visible se demuestra actuando. Lo invisible debe construir confianza antes de poder actuar.

La inteligencia artificial introduce una paradoja todavía más profunda. Puede ofrecer a un principiante una respuesta cercana a la del experto sin obligarlo a recorrer el camino que formó al experto. Nos permite alcanzar resultados sin desarrollar necesariamente la facultad que los producía.

Podemos parecer competentes sin habernos transformado.

Y mientras las máquinas reducen la distancia entre quien sabe y quien obtiene una respuesta, las plataformas convierten a millones de personas en espectadores permanentes. Vemos cuerpos entrenados, mentes excepcionales, vidas extraordinarias y capacidades desarrolladas. Las seguimos, las admiramos y las consumimos.

Quizá porque mirar resulta más fácil que buscar.

El gran negocio de nuestro tiempo no consiste solamente en exhibir el talento de unos pocos. Consiste en ocupar con esa exhibición el tiempo en el que los demás podrían descubrir el suyo.

Cada hora de contemplación no es una hora perdida. Pero puede convertirse en una vida perdida cuando mirar reemplaza sistemáticamente a probar, equivocarse, insistir y repetir.

La pregunta más importante no es quién merece nuestra admiración.

Es qué dificultad, actividad o problema consigue despertar en nosotros una atención que no necesita público.

Porque allí, donde algo nos exige y al mismo tiempo nos atrae, puede estar esperando la facultad que todavía no hemos encontrado.

La tragedia no es formar parte del público.

Es permanecer toda la vida en la grada sin descubrir para qué escenario estaba cambiando silenciosamente nuestro cerebro.