Cuando el conocimiento tenía forma


Estamos acostumbrados a pensar que el conocimiento se conserva mediante palabras: libros, documentos, archivos, bases de datos. Pero quizá esta sea una perspectiva demasiado condicionada por nuestra propia civilización.

Durante milenios, gran parte del conocimiento humano no estuvo escrito. Vivía en personas, técnicas, rituales, objetos y construcciones. Cuando desaparecieron quienes podían transmitirlo, se rompió la cadena. A veces sobrevivió el objeto, pero perdimos el código necesario para comprender todo lo que contenía.

Esto invita a mirar de otra manera algunas grandes construcciones antiguas.

Una pirámide puede interpretarse como tumba, monumento religioso, símbolo político o demostración de poder. Nada obliga a negar esas explicaciones. Pero podemos añadir otra pregunta: ¿y si su propia forma fuese también una manera de materializar conocimiento?

Orientación, geometría, proporciones, elección del terreno, comportamiento de los materiales, extracción, transporte, ensamblaje y organización colectiva están incorporados físicamente en la construcción. Aunque ignoremos el procedimiento exacto que la produjo, sabemos que ese conocimiento tuvo que existir.

No afirmamos que las pirámides escondan mensajes desconocidos ni tecnologías misteriosas. La propuesta es mucho más sencilla: considerar la forma como posible soporte del conocimiento.

Esto permite introducir un binomio diferente del habitual materia/energía: materia/forma.

La materia permanece; la forma conserva las relaciones entre sus componentes. Y esas relaciones pueden ser consecuencia de un conocimiento desaparecido.

Paradójicamente, nuestros rascacielos contienen muchísimo conocimiento, pero buena parte está fuera de ellos: planos digitales, software, cálculos, normas, redes industriales y especialistas. Desaparecido ese ecosistema, quizá sus ruinas dijeran menos de nosotros que algunas construcciones antiguas dicen —o podrían llegar a decir— de quienes las levantaron.

No sabemos cuánto conocimiento antiguo seguimos contemplando sin reconocerlo.

Quizá porque hemos aprendido a buscarlo escrito y hemos olvidado que el conocimiento también puede tener forma.