La economía tradicional estudia cómo administramos recursos
escasos.
Quizá hemos olvidado los más escasos de todos.
Tiempo. Atención. Memoria. Capacidad de aprender. Cuerpo.
Autonomía. Criterio. Relaciones. Curiosidad. Energía. Confianza. Posibilidades.
Cada persona dispone de una combinación irrepetible de estos
recursos. Constituyen un patrimonio que nunca permanece estable: algunas
capacidades crecen, otras se deterioran, unas se intercambian por otras y
muchas desaparecen simplemente porque vivir significa consumirlas.
Podríamos llamar Economía del Yo al modo en que
administramos ese patrimonio a través del tiempo.
Su unidad de medida no sería el dinero.
Sería la capacidad futura.
Invertimos cuando aceptamos un coste presente que amplía lo
que podremos hacer mañana. Consumimos cuando utilizamos capacidades para
disfrutar, crear o vivir ahora. Nos depreciamos cuando determinadas facultades
disminuyen con el tiempo. Nos endeudamos cuando conseguimos un beneficio
presente sacrificando capacidades futuras.
Y pagamos intereses cuando aquella pérdida provoca otras.
Perder atención puede dificultar aprender. Aprender menos
puede reducir criterio. Tener menos criterio puede aumentar nuestra
dependencia. Una pérdida aparentemente pequeña termina afectando a capacidades
que nunca creímos estar gastando.
También existe la conversión.
Y quizá sea el concepto más importante.
Porque vivir bien no consiste en conservar intacto nuestro
patrimonio. Sería imposible y probablemente indeseable.
La juventud puede convertirse en experiencia.
El tiempo, en conocimiento.
El esfuerzo, en autonomía.
La atención, en amor.
Una renuncia, en libertad.
Una equivocación, en criterio.
Incluso determinadas pérdidas pueden convertirse en
comprensión.
Por eso el balance de una existencia no debería calcular
únicamente lo que permanece.
Debería preguntarse qué produjo aquello que desapareció.
La verdadera pobreza del yo comienza cuando consumimos
capacidades sin convertirlas en nada que merezca heredarlas.
Y la verdadera riqueza quizá no consista en llegar al futuro
conservando cuanto poseíamos, sino en llegar transformados sin haber destruido
aquello que todavía necesitaremos para seguir transformándonos.
Cada día cerramos un pequeño ejercicio contable.
El patrimonio resultante pasa íntegramente al día siguiente.
No podemos rechazar la herencia.
No podemos cambiar de heredero.
Somos simultáneamente quien administra, quien consume, quien
endeuda y quien finalmente recibe.
Por eso quizá exista una pregunta más importante que cuánto
hemos conseguido acumular:
¿en qué clase de persona hemos convertido todo lo que hemos gastado para llegar hasta aquí?