Aceptamos que nuestra libertad termina allí donde comienza
el daño a otro.
El problema aparece cuando ese otro también somos nosotros.
Una persona puede endeudarse, abandonar hábitos, renunciar a
aprender, entregar su atención, delegar su criterio o acostumbrarse a que una
máquina piense por ella. Quien decide obtiene el beneficio inmediato. Quien
soportará buena parte de las consecuencias todavía no está presente.
Es nuestro yo futuro.
Y carece de representación.
No puede votar nuestras decisiones. No puede impedir que
hipotecemos su tiempo. No puede exigirnos que conservemos determinadas
capacidades. No puede advertirnos de que aquello que llamamos comodidad quizá
esté destruyendo algo que él necesitará.
Tiene intereses, pero no tiene voz.
Esta anomalía resulta fascinante porque cuestiona nuestra
idea de libertad personal. Consideramos legítimo decidir sobre nosotros mismos
porque suponemos que quien decide y quien recibe las consecuencias es la misma
persona.
Pero el tiempo introduce una grieta.
El yo que elige hoy no tiene las mismas necesidades,
conocimientos ni circunstancias que el yo que heredará mañana lo decidido.
Somos jurídicamente una persona, pero existencialmente somos una sucesión de
personas vinculadas por una herencia obligatoria.
Ninguna puede rechazarla.
Quizá necesitemos entonces imaginar algo extraño: los
derechos del yo futuro.
No derechos jurídicos necesariamente, sino una regla moral
de representación.
Antes de una decisión importante, introducir simbólicamente
una segunda voz:
¿aceptaría esto quien tendré que ser?
La pregunta cambia muchas cosas.
Transforma el ahorro en solidaridad temporal. El aprendizaje
en patrimonio transmisible. La salud en herencia. La atención en capital. La
autonomía en legado. Y convierte ciertas comodidades tecnológicas en contratos
que deberían leerse antes de firmarse.
La inteligencia artificial hace especialmente urgente esta
representación porque puede ofrecernos beneficios presentes a cambio de
capacidades futuras difíciles de valorar hoy.
Quizá utilizar responsablemente una tecnología no consista
solo en preguntarnos qué puede hacer por nosotros.
También deberíamos preguntarnos qué puede hacer con
nosotros.
Porque existe una forma de injusticia que nunca aparecerá en
los tribunales:
vivir tan intensamente a costa del futuro que acabemos
convirtiendo a nuestro propio mañana en alguien perjudicado por nosotros.
Tal vez la madurez consista precisamente en eso:
dar voz, mientras decidimos, a quien todavía no puede
defenderse de nuestras decisiones.
Aunque ese alguien lleve nuestro nombre.