El propósito de la comunicación es informar, persuadir y entretener pero tras asistir a muchas reuniones formativas he llegado a la conclusión de que tales propósitos son una quimera en el seno de muchas empresas.
Comunicar y formar son un arte y no siempre está en su posesión el que más sabe, a quién suele encomendarse la tarea de formar que, por si fuera poco y en su condición de sabedor, poco estímulo le brinda el sacar de la ignorancia a su audiencia y dejar de ser admirado tras compartir su base mental de datos.
Muchos entienden que informar es vaciarse, es compartir lo que se sabe, es dejar de tener la exclusividad y su enfermiza soberbia hace que comuniquen poco y mal, sin embargo, con el tiempo se hacen prescindibles cuando a nuevas preguntas no tienen respuesta. Su propio aislamiento acaba por ahogarles.
En este sentido, cuanto menor es el interés del comunicador más ha de ser el interés del oyente para mantener el flujo positivo de la comunicación. Pero esa circunstancia suele darse al principio de la sesión, luego el desinterés y la falta de un buen guión por parte del orador acaban por agotar al oyente, aprendiz o alumno.
Hablar es fácil, lo difícil es el "qué", el "cómo" y el "por qué" se dice. Parece que la respuesta universal al "cómo" es "Power Point", el "por qué" suele ser generado por algo nuevo o algún cambio, en cuanto al "qué", siendo lo más importante y la clave para informar y hasta persuadir, acaba siendo un cúmulo inútil de palabras y conceptos nuevos, en los que las nuevas ilusiones, retos y oportunidades están ausentes.
El arte de la improvisación y la soberbia nos caracteriza.