No solemos aceptar de buen grado las críticas, más bien las vemos como problemas y no como oportunidades.
La perfección es un fin inalcanzable, un objetivo ideal para conseguir el equilibrio interno a través de lo externo. El día a día es un medio para irnos acercando a ese estado y las críticas que nos hacen son auténticas oportunidades para ir más deprisa si las utilizamos para corregir los errores y los defectos que pasamos por alto.
Una crítica debe ser un estímulo que plantea un problema que hay que resolver. Creer que hacemos las cosas perfectas es una utopía puesto que, como he dicho antes, la perfección es inalcanzable aunque podamos acercarnos.
Un servicio, un producto, un conocimiento, todos son respuestas actuales a una necesidad o curiosidad humana que de ningún modo van a perpetuarse en el tiempo aunque las críticas y correcciones pueden prolongar su vigencia. Como la vida, todo lo que hacemos es perecedero y el reto está en aumentar su longevidad puesto que lo útil lo seguirá siendo si se transforma la crítica en mejora.
Sin crítica o queja no hay cambio, se está en un estado latente y aparente de perfección con lo que se hace, sin embargo, el tiempo es un factor desestabilizador de ese estado ya que otros cambios inducirán nuevas necesidades y curiosidades en lo que consideramos que era perfecto.
Una nueva forma de definir la innovación podría ser: "distancia que separa una crítica de su solución, entendiendo por distancia, el tiempo, el esfuerzo, la inversión o el conocimiento utilizados en su ejecución".
Hemos de ser críticos e innovadores. Las críticas son manantiales de ideas gratuitas que deben guiar nuestras acciones para mantenernos en ese viaje de constante mejora que es la vida.