La solvencia ante la pérdida

 

Durante mucho tiempo hemos confundido riqueza con acumulación.

Conservar conocimientos, recursos, relaciones, experiencia, posición, capacidades. Cuanto mayor es ese patrimonio, mayor parece nuestra seguridad.

Pero quizá exista una riqueza anterior a todo lo acumulado: la capacidad de volver a generarlo.

Una persona puede poseer mucho y ser extraordinariamente frágil si necesita que el mundo permanezca parecido al que hizo posible su patrimonio. Otra puede perder casi todo y conservar algo menos visible: las capacidades necesarias para empezar de nuevo.

Podríamos llamarlo capital regenerativo personal.

No es aquello que sabemos, tenemos o podemos hacer ahora. Es la reserva de facultades que nos permite producir nuevas versiones de nosotros mismos cuando las anteriores dejan de encajar en el mundo.

Así aparecen tres formas distintas de capital.

  • El capital acumulado representa lo que hemos conseguido construir.
  • El capital generativo, aquello con lo que podemos seguir construyendo.
  • Y el capital regenerativo, aquello con lo que podemos volver a construir después de haber perdido.

Los tres parecen riqueza mientras las cosas funcionan.

Pero solo uno revela completamente su valor cuando dejan de hacerlo.

Porque nadie conoce realmente su capital regenerativo mientras puede continuar viviendo como vivía.

Permanece oculto.

No aparece en títulos, cuentas bancarias, currículos ni inventarios. Puede permanecer décadas sin utilizarse. Solo emerge cuando desaparece aquello sobre lo que habíamos construido nuestra identidad: un trabajo, una relación, una capacidad, una posición, una certeza, una forma de vida.

Entonces llega la verdadera auditoría.

¿Qué queda cuando ya no podemos seguir siendo quienes éramos?

  • Quizá curiosidad.
  • Capacidad de aprender.
  • Criterio.
  • Adaptabilidad.
  • Autonomía.
  • Voluntad de reconstruir significado.

Son recursos extraños: parecen secundarios mientras poseemos todo lo demás y se vuelven fundamentales cuando lo demás desaparece.

Por eso quizá también hemos entendido mal la resiliencia.

No consiste necesariamente en resistir para que nada cambie.

Eso puede ser simplemente rigidez.

La resiliencia profunda podría ser otra cosa: solvencia ante la pérdida.

La capacidad de asumir que determinada versión de nosotros ha terminado sin concluir que nosotros hemos terminado con ella.

Entonces la riqueza adquiere otro significado.

No somos verdaderamente ricos por todo aquello que hemos conseguido evitar perder.

Lo somos por aquello que, incluso después de perder, todavía somos capaces de volver a crear.