Hay capacidades que utilizamos y capacidades que nos
permiten recuperar las que hemos perdido.
No son lo mismo.
Podemos olvidar conocimientos y volver a aprenderlos. Perder
dinero y volver a producirlo. Abandonar una profesión y adquirir otra. Ver
desaparecer una posición social y reconstruir nuestra vida desde otro lugar.
Pero para hacerlo necesitamos conservar algo anterior a todo
ello.
Capacidades generativas.
La atención permite aprender.
La curiosidad encuentra aquello que merece nuestra atención.
El criterio selecciona entre posibilidades.
La autonomía permite actuar sobre lo elegido.
La capacidad de aprender convierte finalmente la experiencia
en nuevas capacidades.
No constituyen simplemente otro grupo de bienes dentro de
nuestro patrimonio personal. Son las facultades que permiten reconstruir el
patrimonio.
Por eso su pérdida tiene una naturaleza diferente.
Quien pierde un conocimiento ha perdido algo que poseía.
Quien pierde la capacidad de aprender puede haber perdido
también parte de aquello que habría podido poseer.
La diferencia es enorme.
Obliga además a reconsiderar cómo administramos nuestras
capacidades. Algunas permanecen años sin parecernos necesarias. Dejamos de
ejercitarlas porque existen herramientas que las sustituyen, entornos que las
hacen innecesarias o personas que las realizan por nosotros.
Hasta que un día volvemos a necesitarlas.
Entonces descubrimos que una capacidad no se conserva
simplemente porque alguna vez la tuvimos.
También envejece mientras no la usamos.
Quizá la pregunta correcta no sea únicamente qué hacemos con
las capacidades recibidas, sino en qué estado queremos encontrarlas cuando
tengamos que recurrir nuevamente a ellas.
La inteligencia artificial hace especialmente importante
esta cuestión. Podemos delegar memoria, búsqueda, escritura, análisis e incluso
decisión. En muchos casos será extraordinariamente beneficioso.
Pero deberíamos distinguir entre delegar una tarea y
deteriorar la capacidad generativa que permitiría recuperarla.
Porque existe un patrimonio que podemos permitirnos perder.
Y otro cuya pérdida dificulta recuperar todo lo demás.
Quizá por eso hemos definido mal la riqueza.
Rico no sería únicamente quien posee muchas capacidades.
Sería también quien conserva aquellas que permiten producir
nuevas capacidades cuando las antiguas dejan de servir.
La verdadera seguridad entonces no consistiría en impedir
que nuestra vida se derrumbe alguna vez.
Consistiría en conservar, incluso entre los escombros, las
herramientas interiores necesarias para volver a construirla.