Quizá no estamos perdiendo el deseo. Quizá simplemente está cambiando de domicilio.
Durante siglos, gran parte de nuestras recompensas exigieron atravesar alguna forma de distancia: esperar, conquistar, conversar, seducir, aprender, construir, imaginar. Entre el impulso y su satisfacción existía un territorio. Y en ese territorio ocurrían muchas de las cosas que nos hacían humanos.
Ahora hemos comenzado a eliminarlo.
Un movimiento del dedo puede proporcionarnos novedad, sorpresa, reconocimiento, excitación o curiosidad. No necesitamos permanecer demasiado tiempo en ningún lugar porque siempre existe la promesa de que lo siguiente será más interesante.
La dopamina no tiene ideología. No distingue entre lo importante y lo trivial. Participa en mecanismos de motivación, aprendizaje y búsqueda de recompensa. Por eso quizá convenga reformular una intuición inquietante: la dopamina se transfiere a zonas de mayor intensidad en detrimento de las que dejan de aportar lo suficiente. No como un líquido que abandona físicamente un lugar para instalarse en otro, sino como una metáfora de cómo nuestra conducta aprende dónde merece la pena volver a buscar recompensa.
El problema comienza cuando la intensidad sustituye al valor.
Una pareja conocida difícilmente puede competir en novedad con una pantalla infinita. Una conversación contiene silencios; el algoritmo los elimina. Una persona real se repite, envejece, se distrae, tiene días malos. La pantalla, en cambio, puede ofrecernos cientos de rostros, historias y estímulos antes de que termine una canción.
Las redes no solo ocupan tiempo, sino atención y mecanismos de recompensa, mientras disminuyen intimidad y presencia compartida.
Pero el sexo podría ser solamente el síntoma visible de algo mucho mayor.
¿Qué ocurre cuando estudiar, conversar, contemplar un paisaje, leer cincuenta páginas, escuchar a alguien o simplemente no hacer nada empiezan a parecernos actividades insuficientemente estimulantes?
Tal vez estemos construyendo una economía invisible en la que nuestras experiencias compiten entre sí por alcanzar un umbral mínimo de intensidad.
Y entonces aparece la paradoja: cuanto más extraordinario debe ser algo para captar nuestra atención, más ordinaria nos parece la vida.
No habríamos perdido necesariamente la capacidad de sentir.
Habríamos elevado tanto el volumen de los estímulos que hemos dejado de escuchar aquello que todavía habla en voz baja.
Quizá el verdadero peligro del scroll infinito no sea que nos robe tiempo.
Es que termine enseñándonos qué merece ser deseado.