Cuando el mundo deja atrás al ser humano

Durante miles de años, sobrevivir consistió en reaccionar. El peligro aparecía, el cuerpo se activaba y, cuando desaparecía, regresaba la calma. Nuestro cerebro aprendió esa secuencia y la convirtió en una extraordinaria máquina de supervivencia.

El mundo cambió. La máquina permanece.

Hoy rara vez huimos de un depredador, pero vivimos rodeados de amenazas que nunca terminan de marcharse: un mensaje pendiente, una deuda, una noticia inquietante, una decisión laboral, la sensación de llegar tarde, la comparación con los demás. Ya no necesitamos correr para salvar la vida; necesitamos permanecer alerta para administrarla.

Ahí surge una de las contradicciones de nuestro tiempo: hemos construido una civilización capaz de protegernos de muchos peligros mientras creábamos un entorno que mantiene encendidos los mecanismos destinados a combatirlos.

La tecnología profundiza la paradoja. Amplía nuestras capacidades, pero multiplica aquello a lo que debemos prestar atención. Podemos saber, hacer, comunicar y decidir más que cualquier generación anterior. Nuestro cerebro, sin embargo, continúa disponiendo de una atención limitada, necesita descanso y sigue interpretando la incertidumbre como una amenaza.

Hemos llamado progreso a multiplicar nuestras posibilidades sin preguntarnos por nuestra capacidad para habitarlas.

Tal vez el próximo gran avance no consista en conseguir que el ser humano soporte todavía más velocidad, información y estímulos, sino en construir entornos compatibles con su naturaleza.

Durante siglos hemos adaptado al ser humano a las exigencias del mundo. Ahora somos nosotros quienes diseñamos ese mundo.

Y eso cambia la pregunta:

¿Hasta qué punto debemos seguir adaptando al ser humano al mundo que estamos creando y en qué momento deberíamos empezar a adaptar el mundo al ser humano?