La paradoja de la abundancia inaccesible

Durante siglos, el progreso consistió en producir más con menos esfuerzo. La inteligencia artificial parece culminar esa aspiración: máquinas capaces de multiplicar la productividad, reducir costes y acercarnos a una abundancia hasta ahora reservada a la imaginación. Pero toda promesa contiene su reverso. Podemos crear abundancia productiva y escasez adquisitiva al mismo tiempo.

El trabajador no ha sido únicamente quien produce. También ha sido el mecanismo mediante el cual la economía distribuye renta y convierte la producción en consumo. Cuando deja de ser necesario para fabricar, calcular, transportar o decidir, corre el riesgo de perder también los ingresos que le permiten adquirir aquello que las máquinas producen.

Aparece entonces una contradicción inquietante: cuanto más eficiente se vuelve el sistema, menos personas pueden participar en sus beneficios. La IA abarata los productos, pero puede empobrecer a sus compradores. Los almacenes permanecen llenos mientras los bolsillos se vacían. No falta riqueza; falta acceso a ella.

Una economía puede alcanzar así un grado de automatización superior al socialmente conveniente. No porque las máquinas produzcan demasiado, sino porque la sociedad distribuye demasiado poco. Cada empresa obtiene una ventaja al sustituir trabajo, pero todas dependen de que alguien conserve capacidad para consumir. La racionalidad individual puede terminar construyendo una irracionalidad colectiva.

El verdadero límite de la automatización no será técnico, sino social. Tal vez podamos producir casi sin trabajadores, pero no podremos sostener indefinidamente una economía sin consumidores. Si el trabajo deja de distribuir renta, habrá que separar el derecho a participar en la abundancia de la obligación de ser necesario para producirla.

La pregunta decisiva no es cuánto trabajo puede eliminar la inteligencia artificial, sino qué lugar concederemos al ser humano cuando su utilidad económica deje de justificar su existencia social. Porque una abundancia que no puede ser compartida no constituye progreso: es apenas una forma sofisticada de escasez.