Vivimos rodeados de una contabilidad invisible. No registra únicamente cuánto ganamos o cuánto gastamos. También parece calcular cuánto aportamos, cuánto resolvemos, cuántos nos necesitan. Y, lentamente, podemos acabar aceptando una equivalencia peligrosa: si soy útil, valgo; si produzco, pertenezco; si alguien me necesita, importo.
El problema comienza cuando esa lógica abandona el trabajo y coloniza la existencia.
Entonces descansar necesita una justificación. Aprender debe servir para algo. Una afición tiene que convertirse en proyecto. El conocimiento debe ser aplicable. Incluso el tiempo libre empieza a medirse por lo bien que ha sido aprovechado. La vida adopta silenciosamente el lenguaje de una empresa: rendimiento, objetivos, optimización, resultados.
Y nosotros terminamos siendo nuestro empleado más exigente.
Pero hay una contradicción profunda en esa forma de entendernos. Si el valor personal depende de aquello que hacemos, entonces nunca nos pertenece realmente: debe ser renovado constantemente. Cada logro concede una prórroga. Cada fracaso introduce una duda. Cada periodo improductivo amenaza nuestra identidad.
Quizá por eso resulta tan perturbadora una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién soy cuando ya no puedo producir?
La vejez, la enfermedad, el desempleo o simplemente el cansancio hacen visible algo que durante años podemos mantener oculto: hemos construido parte de nuestra identidad sobre capacidades que inevitablemente pueden desaparecer.
Pero perder una capacidad no debería equivaler a perder valor.
Un árbol viejo puede dejar de dar fruto y continuar proporcionando sombra. Una persona puede dejar de producir y seguir siendo memoria, presencia, vínculo, experiencia, conciencia. Incluso podría no proporcionar nada reconociblemente útil y conservar intacta su dignidad.
Tal vez ahí se encuentre la frontera que necesitamos recuperar: distinguir entre tener utilidad y tener valor.
Las cosas pueden valer por lo que hacen.
Las personas deberían valer antes de hacer nada.
Porque si necesitamos demostrar continuamente que merecemos ocupar nuestro lugar en el mundo, quizá el problema no sea que algún día dejemos de ser útiles.
Quizá sea haber aceptado que necesitábamos serlo para merecer estar aquí.