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La empatía que no siempre tenemos

La tragedia de algunas personas no es que nadie quiera comprenderlas, sino que han perdido, sin saberlo, parte de su capacidad para comprender a los demás.

Acostumbramos a dividir a los seres humanos entre empáticos e insensibles, como si la empatía fuera una propiedad permanente de la personalidad. Pero quizá estamos confundiendo una capacidad con un estado.

Nadie es igualmente empático a todas las horas del día. El cansancio estrecha nuestra tolerancia; el miedo convierte una observación en una amenaza; la ansiedad nos encierra en nuestras preocupaciones; una experiencia dolorosa puede hacernos interpretar como hostilidad lo que simplemente es desacuerdo.

No siempre dejamos de comprender porque no queremos. A veces no podemos comprender desde el estado emocional en el que nos encontramos.

Y aquí aparece una paradoja especialmente inquietante: la soledad involuntaria puede ser, en determinados casos, tanto consecuencia como causa de una dificultad empática.

Quien ha sufrido repetidos rechazos puede aprender a protegerse desconfiando. Quien ha vivido relaciones conflictivas puede desarrollar una sensibilidad extrema ante cualquier discrepancia. Quien lleva demasiado tiempo aislado puede perder oportunidades de ejercitar las habilidades que permiten interpretar los sentimientos ajenos.

Así, los mecanismos que alguna vez nos protegieron pueden terminar impidiendo aquello que más necesitamos: relacionarnos.

La defensa se convierte en distancia. La distancia, en soledad. Y la soledad puede reforzar la defensa.

No significa que toda persona solitaria carezca de empatía. Muchas sufren precisamente porque poseen una extraordinaria sensibilidad hacia los demás y no encuentran reciprocidad. Otras están condicionadas por circunstancias sociales, económicas, físicas o ambientales que limitan sus posibilidades de relación.

Pero existe una forma de soledad particularmente difícil de reconocer: aquella en la que deseamos desesperadamente ser comprendidos mientras hemos perdido parte de nuestra disposición a comprender.

Exigimos escucha, pero interpretamos. Reclamamos aceptación, pero juzgamos. Necesitamos cercanía, pero respondemos defensivamente cuando alguien intenta aproximarse.

Lo más perturbador es que podemos hacerlo sin advertirlo.

Quizá la empatía no debería entenderse únicamente como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, sino también como la capacidad de abandonar provisionalmente el lugar desde el que nosotros mismos estamos mirando.

Eso exige algo más profundo que sensibilidad: exige reconocer que nuestra interpretación de los demás está contaminada por nuestra memoria, nuestras expectativas y nuestras heridas.

Y también obliga a revisar una creencia social muy extendida: que la calidad de nuestras relaciones depende exclusivamente de encontrar personas adecuadas.

A veces necesitamos mejores relaciones. Otras veces necesitamos recuperar las condiciones interiores que nos permiten construirlas.

La empatía no es un patrimonio que se posee definitivamente. Es una posibilidad que puede ampliarse, reducirse, bloquearse y recuperarse.

Por eso, antes de preguntarnos por qué nadie nos comprende, quizá deberíamos atrevernos a formular una pregunta mucho más incómoda:

¿Cuánto de lo que creemos conocer de los demás pertenece realmente a ellos y cuánto procede de aquello que todavía no hemos resuelto en nosotros?

Tal vez una de las formas más silenciosas de soledad consista precisamente en esto: vivir rodeados de personas a las que ya no conseguimos ver porque, sin darnos cuenta, estamos mirando constantemente nuestro propio pasado.