Cuando dejamos de provocarnos

 

Hubo un tiempo en que el mundo podía quedarse quieto.

Una tarde sin nada que hacer, una espera, un viaje, una habitación en silencio. Entonces ocurría algo que hoy empieza a parecernos extraño: teníamos que producir nuestro propio estímulo.

Pensábamos. Imaginábamos. Recordábamos. Mirábamos una grieta en la pared hasta convertirla en un territorio. El aburrimiento no era necesariamente un vacío: era el espacio todavía no ocupado donde la mente tenía que inventar algo para continuar.

Hoy ese espacio está colonizado.

Antes de que aparezca el aburrimiento, llega una pantalla. Antes de que formulemos una curiosidad, aparece una sugerencia. Antes de que sintamos plenamente un deseo, alguien ya ha calculado qué podría provocárnoslo.

No hemos perdido los estímulos. Hemos perdido la necesidad de generarlos.

Y esa diferencia puede parecer pequeña, pero afecta a algo mucho más profundo que nuestra atención. Quien genera sus propios estímulos participa en la construcción de sus deseos. Quien los recibe continuamente corre el riesgo de convertirse en consumidor de deseos fabricados fuera de sí.

Quizá por eso resulta cada vez más difícil saber qué nos interesa verdaderamente.

Podemos confundir aquello que deseamos con aquello que ha conseguido excitarnos.

El problema no es que el exterior nos estimule; siempre lo hizo. El problema comienza cuando ya no queda suficiente silencio entre dos estímulos para descubrir qué habría surgido de nosotros sin ellos.

Tal vez necesitemos recuperar el aburrimiento, no como carencia, sino como territorio soberano.

Un lugar sin recomendaciones, notificaciones ni siguiente contenido.

Un pequeño vacío donde comprobar si todavía somos capaces de producir una pregunta antes de que alguien nos entregue una respuesta.

Porque quizá una de las formas más discretas de perder libertad sea esta:

dejar de elegir aquello que despierta nuestra mente.